¿Rayar los diamantes para identificarlos? – ¡NO, por favor!

Egor Gavrilenko, Doctor en Geología, Director del Laboratorio de Análisis y Certificación de Gemas del Instituto Gemológico Español

Cuenta la leyenda que los conquistadores de las Américas comprobaban si las esmeraldas eran buenas dándoles un martillazo. Supuestamente, si no se rompían eran auténticas. Solo nos podemos imaginar cuántas gemas maravillosas no sobrevivieron a este choque con la ignorancia. Muchos siglos han pasado, pero a veces parece que el nivel de la cultura gemológica no ha avanzado mucho desde aquel entonces. Se sigue repitiendo la escena de machacar gemas para ver si son auténticas en algunas películas contemporáneas, pero lo que es más preocupante es que una técnica muy parecida se aplica a los diamantes por algunos “profesionales” del sector.

Hacemos esta observación porque con demasiada frecuencia vemos en el Laboratorio del IGE diamantes con marcadas rayas en plena tabla o en otras zonas de la gema, huellas que dejó algún “experto” en un intento de comprobar si son diamantes o no, para descartar posibles imitaciones.

Parece ser que esta técnica se ha extendido especialmente desde la aparición de la moissanita sintética como imitación de diamante en el año 1997. Las imitaciones anteriores como la zirconita se descartaban con facilidad por su baja conductividad térmica, pero la moissanita tiene conductividad técnica elevada, así que para completar el análisis las empezaron a rayar para ver que la dureza correspondía al diamante. Obviamente, no es necesario; un mínimo de conocimientos gemológicos permite observar la birrefringencia de la moissanita, ver sus facetas dobles a través de la piedra para descartar el diamante que es isótropo. Pero lamentablemente, es mucho más fácil comprar un lápiz con punta de diamante y empezar a rayarlos en plena tabla o aplicar una lima diamantada a las aristas de la gema que dedicar un poco de tiempo a la formación.

Ligeros arañazos y abrasiones de aristas en los diamantes también pueden producirse si las joyas se guardan de forma inadecuada, rozándose unos diamantes con otros. Por esta razón siempre es recomendable guardar las joyas con diamantes por separado, incluidas las parejas de pendientes, evitando cualquier roce de diamante contra diamante. No obstante, es difícil que las rayas tan marcadas que observamos con frecuencia en los diamantes que pasan por nuestro laboratorio se produzcan por el uso habitual de las joyas; hace falta una presión puntual fuerte para producir arañazos tan profundos.

Así es como se describe el lápiz de diamante, disponible por tan solo 35 euros, en una tienda online de herramientas para joyeros y gemólogos: “una herramienta para determinación de diamantes de un modo básico. Si la gema es rayada con la punta, no es diamante”.

Discrepamos profundamente de esta descripción, por las siguientes razones:

– El diamante posee una propiedad que se llama anisotropía de dureza. Significa que la dureza de esta gema varía muy considerablemente en función de la cara de cristal e incluso de la dirección del rayado dentro del mismo plano. Por tanto, el diamante puede rayar a otro diamante, dejando a veces arañazos muy significativos que bajan la calidad del pulido de la gema, una de las características que determina su precio.

– Si tenemos la mala suerte de rayar en ciertas direcciones más blandas en la estructura cristalina del diamante, el resultado puede ser aún peor, convirtiéndose el arañazo en una pequeña fisura somera pero penetrante. Los defectos externos de pulido pueden eliminarse con un proceso de repulido y solo afectan la calidad de talla, pero las fisuras ya se clasifican como defectos internos y afectan la pureza del diamante. En casos de gemas grandes y de alta pureza, el cambio de precio puede llegar a decenas de miles de euros que pierde la gema por aplicarle este “test”.

– Las joyas con imitaciones de diamantes también tienen derecho a existir, son parte del comercio en otro nicho de precios. En gemología siempre utilizamos métodos de análisis no destructivos que preservan la integridad de la piedra, aunque sea una imitación. El rayado con una punta de diamante puede dejar una raya más o menos grande en un diamante, pero literalmente destrozaría cualquier otro material.

– Realmente, hoy en día no es suficiente saber que la gema en cuestión es un diamante. Desde hace unos años han entrado en el mercado de joyería los diamantes sintéticos que tienen exactamente la misma dureza y otras propiedades físicas que los diamantes naturales, pero son obtenidos en un laboratorio y tienen precios mucho más bajos. Hoy en día ya hacen falta otros métodos para identificar no sólo que tenemos un diamante, sino también que es natural. Estos métodos se describen más detalladamente en otro artículo y se enseñan en los cursos especializados del IGE.

– La vida humana es un instante comparado con la historia de las gemas con las que trabajamos. Tardan millones de años en formarse en las profundidades asombrosas en el manto de la Tierra, para luego llegar a la superficie, ser encontrados, extraídos y cuidadosamente tallados para su uso en joyería. Pueden usarse manteniéndolos intactos durante siglos y pasar de generación en generación sin perder su belleza. Es realmente lamentable estropear esta belleza eterna aplicándole métodos inadecuados para su identificación, algo que pueden hacer de forma totalmente inocua los profesionales de verdad.

A continuación, presentamos algunas fotos de diamantes que fueron rayados para su identificación, con efectos nefastos para la gema.

Diamante de talla corazón de 4 quilates con numerosos arañazos en la tabla.

 

Brillante de 1.83 ct montado en un pendiente, con un arañazo muy marcado en el borde de la tabla.

 

Brillante de 6.48 quilates con una raya larga y muy marcada en la tabla.

 

Brillante de 3.82 quilates con varios arañazos en la tabla.

 

Pequeño diamante azul irradiado, con numerosos arañazos profundos en la tabla.

 

Diamante rojo, natural pero tratado por un método combinado de alta presión y alta temperatura, irradiación y calentamiento, con un marcado arañazo en la tabla y otros más pequeños.

 

A este brillante de 2,5 quilates lo intentaron rayar en la culata, pensando que en esta zona los posibles arañazos serían menos visibles.

 

El mismo diamante fotografiado desde la corona deja observar perfectamente el resultado del “análisis” en forma de grupos de rayas paralelas en la superficie de la culata.

 

Este brillante de 1.17 ct ha sufrido el test doble – el de rayar la tabla y el de aplicar la lima diamantada a las aristas de la corona. El resultado es evidente: múltiples arañazos en la tabla y abrasiones profundas en las aristas de la corona, algunas de las cuales dejan de clasificarse como defecto externo y afectan al grado de pureza del diamante.

 

En comparación con la foto anterior, presentamos aquí un diamante de 9 quilates de talla cojín antigua con aristas que han sufrido abrasiones a lo largo del tiempo. Todas las aristas presentan signos de desgaste, probablemente por rozarse con otros diamantes junto a los que se guardaba, pero es diferente a las marcas de la lima solo en algunas aristas del caso anterior.

 

Este diamante perdió miles de euros de valor en unos minutos. Se trata de un brillante de 1.56 quilates totalmente puro por dentro, sin ninguna inclusión interna. Pero al aplicarle el “test” de rayarlo se han producido diminutos halos de desgarre muy someros en la tabla, diminutos pero apreciables a la lupa de 10x, resultando en el grado de pureza VVS1.

Naturalmente, los defectos descritos pueden ser eliminados con repulido o retallado de la gema, a veces sin apenas pérdida de peso; en otros casos suponiendo un retallado más considerable. Pero es una operación costosa y sujeta a riesgos adicionales para la gema, así que lo mejor sería evitar tener que hacerlo.

Por eso, ¡por favor, no rayen los diamantes y no dejen que se lo hagan a sus gemas!

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